Fernando García Lara

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Esta humilde intervención tiene como propósito recordar el interés o la importancia que Almería, ya como paisaje o como ámbito vital, cobra en la prosa goytisoliana. Al mismo tiempo que se procura rescatar nuestra desolada biografía como brizna de una memoria lucida y directa, empeño último y brillantísimo del autor, cerrando, a lo que parece, una etapa de lo que va ya siendo prolongado y exclusivo quehacer de Juan Goytisolo.

Parece relativamente fácil trazar los perfiles de la evolución ideológica de Goytisolo. Más difícil es, sin embargo, trasegar a categorías críticas inteligibles su mundo formal, el intenso debate de sus búsquedas y hallazgos literarios, el enriquecimiento de su mundo expresivo, alimentado de sucesivas avalanchas, ya vitales o librescas, cuyos orígenes se nos velan o se nos ocultan con frecuencia.

Sobre lo primero tenemos una bibliografía abundante y, por lo demás, felizmente accesible, cuyo único mérito posiblemente haya consistido en atender las propias indicaciones del autor, siempre preocupado y, con frecuencia obligado a subrayar o glosar su particular mundo de ficciones. Sobre lo segundo, las cosas no se presentan tan directas o rectilíneas.

Si nos fijamos bien, y a fuer de rigurosos, no son muy abundantes, ni mucho menos evidentes, los materiales de la presencia almeriense en la obra de Juan Goytisolo: un relato de viajes, Campos de Néjar, un interesante experimento narrativo con el que el autor midió fuerzas en su momento, La Chanca, algunas contundentes páginas de ese libro gozne en su producción, Señas de identidad, las catárticas rememoraciones contenidas en sus últimos ejercicios de estilo, Coto vedado y En los reinos de Taifa, y un corto etcétera en el que cabe encajar una serie de glosas, artículos y citas que agotarán el material. (…)

Lo que les propongo, por consiguiente, no es tanto la complaciente lectura del anfitrión agradecido a las lisonjas del huésped, como delimitación de un tema (en la doble vertiente que tiene en Goytisolo no sólo el paisaje, sino paisaje rememorado, recompuesto, encajado con precisión en su experiencia) cuyos contundentes y hasta lacerantes rasgos se entrecruzan finalmente en la existencia del narrador.

Y es que la general diferencia que en la visión de la realidad y en la expresión metafórica ofrece el paisaje y la memoria almeriense de Juan Goytisolo con respecto a lo que el “almeriensismo” haya podido ser -si es que algo serio ha llegado a ser literariamente hablando, cosa sobre la que prefiero suspender el juicio- no sólo es revelador de un momento posterior de la evolución del tema y de un temperamento distinto.

Es también expresión de una visión y sentimiento tamizados por un punto de vista que para nuestro autor nunca está o parece exento de razonamiento intelectual -y hasta de información libresca- que en los años en que se encuentra redactando Campos de Néjar o La Chanca le obliga, por ejemplo, al minucioso repaso de una determinada tradición literaria al respecto, ya se trate de la Descripción de España, de Al-Idrisi -un texto de 1154-, ya sea la homónima obra de Abulfeda, del siglo XV esta última, o la Redacción de viaje de Francisco Pérez Bayer, en 1782, etc. Quiero decir con todo ello que estamos ante un problema de historia literaria, que en el actual panorama de la filología continua siendo un grave problema irresuelto y, por tanto, nada deseable. Nunca, pues, ante un tema exclusivamente localista. (…)

Como el propio Goytisolo ha dejado escrito, “una casualidad sumamente feliz” fue lo que proporcionó el primer conocimiento, indirecto todavía, sólo referenciado por unos nativos de una tierra que se apresurará a visitar, dejándole cautivo desde entonces. Es durante 1956 cuando Goytisolo contempla por primera vez las playas y las sedientas tierras del luminoso sur, hasta entonces solo presentido.

De éste y un posterior viaje proviene la materia ambiental y narrativa de Campos de Néjar y de La Chanca. Por aquel entonces, y admitiendo sin más la existencia de una narrativa o de una literatura con características y peculiaridades propias y diferenciadas como consecuencia del corte que supuso la conflagración bílbica del 36-39, la novela viene a ser algo así como la continuación del enfrentamiento en el campo de batalla. (…)

Esta literatura viajera, la de Campos de Néjar y La Chanca, es, contrariamente, una denuncia, un alegato contra la injusticia, una meditada información que procura contrarrestar a la propaganda franquista y, en fin, un documento que quiere ser preciso y exacto en el que quede constancia de la España olvidada. Momento de dudas y vacilaciones en el escritor sobre el papel de los materiales novelescos que le hacen pasar sin transición desde el venerado por entonces objetivismo del relato de viajes a un rescatado subjetivismo, enriquecedor de la perspectiva, que empieza por el mero hecho de narrar en primera persona, como ocurre en La Chanca, un libro escrito contra alguien y contra algo.

Al final del primer capítulo de La Chanca piensa el personaje Goytisolo, el exiliado Goytisolo: “Almería era ya un vicio conocido”. Es evidente que los elementos trágicos que definan entonces la labor del novelista existan en tanto que imagen cósmica del rechazo, del exilio, similar a la imagen del desterrado Ulises; es decir como un destierro del espíritu que no puede encontrarse así mismo sino a condición y a través de una serie de deturpaciones, de purificaciones. Suprimido por entonces, y por el régimen de entonces, un posible y previsto final feliz -previsto únicamente por imaginado o acariciado-, el destino (y más, el destino trágico) se convierte en determinante de la obra y en proponer el proceso de elaboración de la obra misma como proceso de purificación.

Almería era, pues, un vicio conocido no solo por familiar, sino por el atisbo o la intuición de que únicamente en esta desolada tierra podrá iniciarse la batalla contra la dominación de la tragedia y de la aniquilación. La concepción de la vida como tragedia o como destierro jamás superable crea o tiene sus propias incertidumbres que suponen el hecho de pensar que el camino de la vida no tiene porqué labrarse siempre por los senderos de la “razón”, sino que también existen capas instintivas, capas oscuras que pudieran actuar como plataformas de la liberación individual. (…)

Pero la abolición del esencialismo en sus aspectos miméticos y expresivos no va a ser en la obra goytisoliana sino un largo proceso. nunca algo fulminante y fácil, en donde Almería va cobrando forma interior, página ineludible en la descripción del largo camino hacia el encuentro con la escritura, que en Goytisolo viene a ser lo mismo que el encuentro con su liberación y el abandono de todo lastre mítico. Pero proceso al mismo tiempo de purgación o afinamiento de la memoria que ha encontrado, por fin (estamos ya a la altura de Señas de identidad definitivo anclaje. (…)

He aquí la rememoración de Almería en Señas de identidad, una vez abolido el esencialismo, el referencialismo a una realidad exterior preexistente, abolida, en fin, la historia o, mejor, convertida en pasado, un pasado, eso sí, recuperable, necesariamente recuperable a través de la memoria:

“Habías amado aquella tierra con el espasmo lento, ardoroso del volcán, íncubo, tú y sumisa ella-, la rica ofrenda de su miseria como preciosa dote para ti, unidos, creías, en una misma lucha contra el destino amargo.

Varios años han transcurrido desde entonces, y si esperanzado y andrajoso ayer se fue, mañana no ha llegado. La tierra sigue allí, sometida a la ley auténtica, inexorable; lejos tú de ella, distraído ya, sin dolor ni reparo, de tu absorbente amor de antes. La suerte os burla los dos. El Norte obeso puso los ojos en ella y una infame turba de especuladores en sol (agotados sucesivamente el oro, la plata y los ricos filones de sus entrañas; los bosques, los regadíos, las dehesas; la rebeldía, el orgullo, el amor a la libertad de los hombres por la usura avariciosa de los siglos) ha caído sobre ti (oh, nueva, abrasada Alaska) para acumular y enriquecer a costa de tu último don gratuito (el celeste chivo enardecedor y violento), fundar colonias, chalas, snacks, paradores de turismo, tabernas andaluzas, hoteles, afeando el país sin mejorar al habitante: expertos alemanes, peritos en playas, solitarios cazadores de fortunas, laureados y canosos combatientes de la Cruzada y hasta una dama garrula tocada con un turbante hindú -(la alusión a Dominique Aubier parece clara)- que lee gravemente Mío Cid sobre la inhóspita giba de un camello (una doncella en la otra, la sustrae del flujo solar con una descolorida sombrilla).

Tierra pobre aún, y profanada; exhausta y compartida; vieja de siglos, y todavía huérfana. Mírala, contémplala. Graba su imagen en tu retina. El amor que os unió sencillamente ha sido culpa de ella o de ti? Las fotografías te bastan y el recuerdo. Sol, montañas, mar, lagartos, piedra. Nada más? Nada. Corrosivo dolor. Adiós para siempre, adiós. Tu desvío te lleva por nuevos caminos. Lo sabes ya. Jamás hollarás su suelo”.

He aquí la proclamada identidad de Goytisolo y Almería. (…)

Almería ha quedado ya incorporada a la memoria, como elemento constitutivo del escritor en ese doble sentido que decimos: no s—lo como literatura, como paisaje, sino constituyendo moralmente la existencia y la experiencia del autor.

Almería es ya definitivamente el asidero a punto de romperse. Aquel “vicio conocido” ha pasado a escenificación del pasado. Doloroso pasado, por cierto, en el que condensa “sueño poblado de sombras”, aquella presentida posibilidad de salvación moral.

Al no ser esto posible, Almería será en adelante elemento fijo, constante de la concreta existencia del escritor. Una Almería estática a la que Goytisolo volverá para encontrar las “huellas” de su paso. Pero volverá a través de la memoria:

“Baño lustral, deslumbramiento epifónico: imbricación de imágenes fugaces, vorágine visual, beatitud expansiva, prolija operación de enhebrar en orden velado, el flujo torrencial de fotos fijas: dislocación violenta de estratos, alberos desnudos y mondos, sutilizadora erosión de piedras ocres, sujetas a la lenta, milenaria tortura: ramblas sedientas, parvedad de adelfas, vegetación mezquina, ubicuidad solar: luz que parece vibrar y adensarse mientras el autocar penosamente se aferra al plomizo alquitrán de la carretera: chozas alastradas, firmamento terso, reprimidos, efímeros conatos de verdor: impregnadora sensación de belleza y miseria, existencia cruel, descalza y harapienta, ruin esplendor mineral: exhausta quietud de montañas de grupas escurridas, dorso abrupto y quebrado, testuz aderezado por la paleta antojadiza de un pintor: erupciones cutáneas, llagas rosadas, crirlos sinuosos, cicatrices blancuzcas: desolación, adustez, magnificencia, dolor corrosivo, plenitud diáfana: afecto instintivo, espontáneo a un paisaje huérfano y suntuoso, nítida asunción del goce identificatorio, fulgurante anagnórisis de tu encuadre espacial: afinidad, inmediatez, concomitancia a una tierra casi africana que confiere al viaje el aura iniciática de una segunda, demorada natividad”.

He aquí la “leve e irisada burbuja” que ha estallado a consecuencia de la confrontación entre la memoria y el espacio real, entre la Almería viajada y amada por Juan Goytisolo entre 1956 y 1960 y la memoria de ese paso. He aquí, más de veinte años después, la tentativa de recuperar aquel espacio perdido. Frugal y bello encuentro que inexorablemente nos conduce de nuevo a Campos de Néjar, a su demorado analicismo, pero que nos descubre ante todo la falsedad de aquel supuesto objetivismo.

Como no descubrir también el cadencioso mundo moral marcado por los principios de atracción-repulsión, contenidos en La Chanca, en esta feliz pincelada?:

“Una ciudad colonial somnolienta y decrépita: guardias vestidos de dril, tocados de salacot blanco: cabeceo indolente de coches de caballos: promiscuidad y ajetreo de zoco: hotel Simón, de habitaciones vetustas.”

Descubrimiento de ritmos, olores, voces, dulce aprendizaje de la ociosidad: exploración cauta del ámbito urbano, fascinación y horror entremezclados, íntima guerra civil, contradicción insoluble: pluralidad, alternancia, corriente bifísica, chispazo creador, espermático, producto de un choque simultáneo: ejercicio contemplador, arrobado de un mundo que hiere de otro modo tu enorme sensibilidad moral.

Acento ronco, gutural o cantarino del Sur, a través del cual se infiltrar quiz misteriosamente el amor a tu lengua: territorio conquistado palmo a palmo, a la escucha de voces transidas de resignación y pobreza: doble aprehensión gradual de una posible pertenencia y de la índole aleatoria e incierta de tu otorgada, dudosa identidad”.

Para finalmente entregarnos la clave de esa Almería “estructura estética” en el orden de la memoria, esa Almería ya no “lectura de tiempo”, sino en todo caso movimiento espacial cuya única diferenciación consiste, paradójicamente, en permanecer siempre idéntica. Movilidad puramente interior que repite continuamente su presencia, como algo ineludible.

“El desamor a España -esa entidad ajena, fragmentaria, incompleta, a veces obtusa y terca, otras brutal y tiránica-, en cuyo seno negligente has crecido, sufrir el impacto de la breve y enjundiosa cala por las tierras de Almería: a tu cansancio juvenil del pobre, brut, trist, dissorta rinc—n nativo hermosamente evocado por Espriu, a los sueños de evasión de algún lugar del Norte en donde la gente sea neta y noble, culta, rica, lliure, desvetllada i feliú, se contrapondrá desde entonces la imagen de un paisaje cautivo y radiante cuyo poder de atracción desvía tu brújula y la imanta a la atormentada configuración de sus ramblas, estepas y montes: las primeras vacaciones de Monique, en vísperas del viaje a París, serán asá la causa de una conjunción imprevista y veraz: sujeto y motivo de nostalgia, proyección compensatoria de una patria frustrada, atisbo, vislumbre, presentimiento de un mundo todavía quimérico, pero presente ya en tu espíritu en su muda, acechante proximidad”. (…)

Seis siglos más tarde el escritor Juan Goytisolo inicia un voluntario destierro, movido por el desamor a España. Cerca de donde el poeta almeriense Ibn-Yabir a–oraba su tierra, Goytisolo rememora la “enjundiosa cala” que le había fascinado. Solo que en este caso el destino, conscientemente asumido, no es algo inexorable, sino la prueba magnífica de una contradicción entre el espíritu que se rebela (ese aspecto, en fin, de escritura y escritor indomesticado) y la vida que se impone con todas sus miserias.

De los dos polos de esa contradicción participa por igual la invención del espacio moral y paisajístico de Almería. Lugar que cautiva y enamora, que invita, por su indefensión quizá, a la posesión y al goce. Espacio abierto, cifra o síntesis de lo augural es también, sin embargo, conjunto ligado a lo humano, alterado, por tanto, mezquino a veces, capaz entonces de detener la elevación, provocando así ese doble impulso de atracción y de huida.

He aquí, en mi opinión, la clave del proceso de la constitución de esa entidad literaria que con toda propiedad llamamos “Memoria y paisaje almeriense de la obra de Juan Goytisolo”, complicada operación que se constituye primero en un sentido literal, entero e independiente si se quiere, en términos de mera y simple descripción de superficies, pero que simultaneamente despliega un combate propio con la literatura, con la tradición literaria y consigo mismo. (…) En este sentido, Almería, esa augural lección de geología, no sólo es un tema predominante, un recuerdo liberador y constante, sino que se elige en símbolo privilegiado de su sentido de la vida.