INMIGRACION E INNOVACIONES

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Puedoo sugerir, sin embargo, que inmigrantes de África y de Rumanía son la respuesta a estos dilemas, aunque provoca angustia en la Europa Occidental. Al contrario de Estados Unidos, estas naciones viejas no se consideran tierra de inmigrantes y más bien creen que la inmigración, antes que ser un catalizador de innovaciones, es una amenaza para los empleos fijos. En España, un país pobre durante mucho tiempo que mandaba emigrantes al extranjero, el salto necesario para cambiar esta mentalidad es enorme. Nosotros nunca nos creímos racistas… hasta la invasión de los noventa, dice el sociólogo Tomás Calvo Buezas. Todavía lo negamos en público y políticos que tienen éxito por su programa anti-inmigrantes, como Haider de Austria o Le Pen de Francia, nos parecen impensables. Fíjate en nuestra lengua: a los ricos todavía los llamamos árabes y a los pobres norteafricanos los llamamos moros.

Uno de los miles de norteafricanos que se ganan la vida bajo el ardiente mar de plástico que rodea El Ejido es Ilhami Elhoussin, de 24 años. En 1998 pagó 500 dólares para cruzar ilegalmente el Mediterráneo hacia España en una pequeña barca. A los otros 19 acompañantes los atrapó la policía nada mas llegar; Ilhami corrió tierra adentro y se escapó. Dos años después, sus sueños de inmigrante se limitan a lo siguiente: una casucha sin agua ni luz, con un techo de plástico sujeto con rocas, en medio de un páramo árido hacia donde el viento sofocante de África lleva rodando las bolsas de basura. Comparte la chabola diminuta con su primo. Otros cincuenta braceros africanos viven en chozas parecidas pegadas unas a otras en las afueras de El Ejido. Algunos lo tienen un poquito mejor. Eljabiry Salah, 29 años, tiene luz y agua en su chabola. No obstante su cama es un colchón de goma espuma colocado encima de las cajas que usa durante el día para recoger frutas y hortalizas. Mi casa es para animales, no para humanos, dice Elhoussin. Pero se niega a volver a África. Aquí puede ganar hasta 25 dólares al día recogiendo frutas y hortalizas. En Marruecos, dice, no hay trabajo para los jóvenes… a menos que quieras alistarte en el Ejército por 6 dólares al día. Este joven africano en Europa sale casi todos los días con cuchillo y tijeras a trabajar bajo el mar de plástico, donde las temperaturas pueden alcanzar 45 grados en primavera y verano. La perspicacia humana todavía no ha sido capaz de crear una máquina que recoja tomates. Por lo tanto, los recoge Elhoussin, llenando los cubos a un ritmo de más de 12 Kgs. por hora. Mañana, la fruta madura estará en Perpignan, Francia o Rotterdam, en Holanda, lista para adornar la Insalata Caprese del almuerzo.

Estas exportaciones, que han superado 115 millones de toneladas anuales, desde unas 100.000 toneladas a principios de los ochenta, han convertido lo que era una esquina paupérrima de España en un pueblo de gran riqueza y fuerte crecimiento económico. El sol que se derrama sobre 75.000 acres de invernaderos ha resultado ser tan valioso como el petróleo. La construcción en El Ejido se ha hecho omnipresente. El pueblo ha doblado sus habitantes desde 1981, de 29.000 a 55.000. Nuevos centros comerciales están de moda. Pero esta nueva España, chic y confiada, sigue siendo extranjera para Elhoussin y los norteafricanos cuyo trabajo ha ayudado a transformar la región. Elhoussin, uno entre ocho hijos de un pueblo de las afueras de Casablanca -la natalidad de Marruecos es dos veces y media la de España-, manda un promedio de 350 dólares al mes a su padre para mantener a la familia (su hermana más pequeña tiene 10 años). Con los 150 dólares que le quedan vive de manera humilde, sin apenas salir, sobre todo desde la guerra. Muchos bares no aceptan marroquíes por la noche, nos dice. Hemos venido aquí a trabajar de la misma manera que trabajaron los españoles cuando salieron de España una vez. Los jóvenes marroquíes queremos una casa, un coche, y el dinero es mejor aquí. Pero la mayoría en El Ejido es racista. No quieren arrendarnos sus pisos o terrenos, no quieren que miremos a las mujeres, no quieren que construyamos mezquitas. No obstante, la violencia de febrero, en la que más de quinientos norteafricanos perdieron sus casas, asombró a este joven marroquí. Mientras las chabolas y los coches ardían, y una masa de gentuza merodeaba por el pueblo con palos, Elhoussin huyó aterrorizado a las montañas, detrás de El Ejido, donde junto con otros marroquíes aguantó cuatro días sin comer. Por fin regresó, pero a un lugar que había cambiado, donde los resentimientos escondidos se habían convertido en llagas a flor de piel. La tregua inestable actual es sólo parcial, marcada por comunidades divididas que evitan mirarse y por esporódicos brotes de violencia.